El Feminismo necesita Evolucionar y Renovarse

 

Que Hillary Clinton haya conseguido la nominación demócrata no solo ha puesto a una mujer en el camino a la Casa Blanca: ha puesto a una madre ahí. Eso es crucial. A lo largo de los últimos cincuenta años, las solteras sin hijos han superado grandes obstáculos y hoy ganan el 96 por ciento de lo que ganan los hombres. A las madres, por otro lado, no les va tan bien: las casadas con hijos ganan 76 centavos por cada dólar que gana un hombre.

Para mí, la mera supervivencia profesional de Clinton es tan motivadora como cualquier otro de sus logros. Una mujer con un hijo pequeño puede perder fácilmente la fe en que algún día podrá hacer algo de nuevo. Dios sabe que así me sentía. Durante los cinco primeros años como madre, se suponía que debía escribir un libro, pero lo que más hacía era evitar las llamadas de mi editor.

Mi niño de tres años sufría de ansiedad por separación, así que esperé a que la superara sentada en una sillita de la guardería. No tenía corazón para rechazar sus invitaciones a jugar, así que apagaba mi computadora y preparaba los juguitos.
Estaban las noches de chicas, en las que las mamás de mi calle se juntaban para beber mucho vino. El hecho de asistir cada semana era una prueba de que mis posibilidades de continuar con mi carrera desaparecían rápidamente, o por lo menos era lo que pensaba entonces.

¿Cómo pudo Clinton continuar con la suya? ¿Cómo repuntó después de los años en que criaba a una hija, forjaba una carrera como abogada y se desempeñaba como primera dama de Arkansas? Tiene voluntad de acero, como todos sabemos. Otra respuesta puede ser que era más fácil ser una madre trabajadora en 1980, cuando nació Chelsea Clinton, que hoy en día.

Entre la década de los ochenta y la de los dos mil —cuando yo tuve a mis hijos— una nube de ansiedad económica cayó sobre los padres e hizo más estrecha lo que la socióloga Arlie Hochschild ha llamado “la atadura del tiempo”. La semana laboral de los profesionales asalariados pasó de 40 a 50 horas o más, sin contar el tener que responder correos electrónicos después de acostar a los niños.

La protección sindical, los horarios predecibles y las prestaciones desaparecieron para grandes sectores de empleados. Ganan tan poco en sus trabajos en la economía bajo demanda o la prestación de servicios, y las escuelas de los hijos cuestan tanto (168 por ciento más que hace 25 años), que los padres deben tener varios empleos. Al mismo tiempo, temiendo que sus hijos caigan todavía más bajo en la escala social, los padres exprimen su tiempo y dinero para darles una educación que les permita competir en una economía global.

Las mujeres que, como yo, nos impresionamos frente a expectativas imposibles, sentimos que nos convertimos en caricaturas: mujeres raras con apegos, madres sobreprotectoras, criadoras democráticas y neotradicionalistas. Estos estereotipos son plenamente sexistas, pero no conozco a muchas madres cuyas carreras, sueldos y sentido del valor propio no se hayan minado por todo lo que han tenido que ceder.

Nuestros mundos se han encogido, nuestras cuentas de banco están por debajo del saldo mínimo, y nuestro poder en la familia y el mundo ha menguado. De todas formas, estamos dispuestas a decirles que no habríamos hecho nada de manera diferente.

¿Qué tal si el mundo estuviera organizado para que pudiéramos creer (y no solo fingir) que habernos dedicado a la crianza de los hijos, a expensas de ganancias futuras, nos hiciera dignas de respeto? ¿Qué tal si eso pudiera aplicarse tanto a hombres como a mujeres?
Vivimos en una época rica en feminismos. Uno celebra la multiplicidad de nuestras identidades: negras, lesbianas, transexuales. Otro ha denunciado de manera eficaz la violencia sexual. Uno más (lo concibo como el feminismo ejecutivo) socava las barreras que impiden a las mujeres ocupar los puestos más altos, por ejemplo, la presidencia.

Sin embargo, necesitamos otro feminismo y este necesita un nombre que no tiene nada que ver con el género. Llamémoslo, a falta de un mejor término, el “cuidadorismo”.

Exigiría un trato digno y justicia económica para los padres insatisfechos con unas cuantas semanas de permiso de maternidad o paternidad sin paga, y lucharía por mitigar los sacrificios hechos por los hijos adultos responsables de sus padres ancianos.

Clinton podría ser una promotora de ese cambio. En esta etapa electoral ha sido mucho más contundente respecto a políticas que apoyan a las familias, hizo énfasis en los permisos de ausencia pagados cuando comenzó su campaña y de nuevo en sus declaraciones en el primer debate presidencial demócrata.

En mayo dijo que pondría un tope para los costos de las escuelas en el 10 por ciento del ingreso familiar, muy por debajo de los precios actuales puesto que en un hogar de padres que ganen el salario mínimo puede ser más del 30 por ciento del presupuesto.

Aun así, debe ir más allá. Se enfoca en los asalariados pero ¿qué pasa con las personas que quieren dejar su lugar de trabajo, al menos por un tiempo? Clinton debería hablar con la representante de Nueva York, Nita Lowey, quien el año pasado introdujo una ley que daría créditos de seguridad social a los cuidadores que dejaran el mercado laboral o disminuyeran sus horas de trabajo, un gesto de aprobación pública a la realidad de que cuidar a otros es trabajo y los cuidadores merecen las mismas prestaciones que otros trabajadores.

Clinton pertenece a una generación anterior cuyo objetivo era liberar a las mujeres de la cárcel doméstica (por lo menos a las mujeres de clase media que ya no tenían un empleo) y mandarlas a la fuerza laboral para que exigieran igualdad en ese campo. Sin embargo, la verdadera igualdad requiere más que una misma paga y mejores condiciones laborales. Requiere algo más radical: una “transvaloración de todos los valores”, como diría Nietzsche.

¿Estoy incitando a una contrarrevolución? No lo creo. Las feministas no siempre han visto al trabajo como la respuesta a los problemas de las mujeres. Muchas que sufrieron la explotación en la industria textil o en los días sin límite de horario en el servicio doméstico lucharon por la Ley de Normas Justas de Trabajo de 1938, que estableció la semana laboral de 40 horas. Las trabajadoras “no solo podían organizarse; eran el mejor grupo para luchar por el día laboral”, escriben David Roediger y Philip Roner en Our Own Time: A History of American Labor and the Working Day.

Una venerable tradición en la historia del feminismo radica en tratar de cambiar un statu quo en el que se aprecia a los profesionales y asalariados pero se desprecia a quienes realizan el trabajo mal pagado o no pagado en absoluto de sustento emocional y cuidado físico.

En la década de los sesenta, la National Welfare Rights Organization, formada en su mayoría por afroamericanas, exigía subsidios con los que se pudiera mantener un estándar de vida decente, en parte con base en el argumento de que estas madres ya estaban trabajando y criando a futuros trabajadores y en parte porque no podían encontrar trabajos para mantenerse.

“Tengo 45 años, he criado a seis hijos”, escribió la presidenta del grupo, Johnnie Tillmon, en 1972. “Un trabajo no significa necesariamente un ingreso adecuado. Hay como 10 millones de empleos en los que hoy en día se paga menos del salario mínimo y si eres mujer tienes la mayor oportunidad de obtener uno de esos”.

Más o menos en la misma época, las feministas Mariarosa Dalla Costa y Selma James, de tendencia marxista, comenzaron una campaña llamada Wages for Housework (salarios por los quehaceres domésticos) que invitaba a acabar con el orden capitalista subsidiado, según ellas, por el arduo trabajo doméstico no pagado y servicios sexuales.

Esto no necesariamente quería decir que las mujeres debían salir y encontrar un empleo. “Nadie cree que la emancipación, la liberación, pueda alcanzarse mediante el trabajo”, escribieron. “La esclavitud en una línea de ensamble no es una liberación de la esclavitud en un fregadero de cocina”.

Las feministas liberales las acusaron de querer empujar a las mujeres de vuelta a la monotonía del trabajo doméstico pero ellas lo negaron. “Hemos trabajado lo suficiente”, escribieron. “Hemos recogido millones de toneladas de algodón, lavado millones de platos, fregado millones de pisos, mecanografiado millones de palabras, cableado millones de radios, lavado millones de pañales, a mano y a máquina”.

Entonces, ¿qué querían?, le pregunté a Silvia Federici, fundadora del capítulo de Nueva York de Wages for Housework, y quien escribe sobre estas cuestiones. Haciendo a un lado los salarios por los quehaceres domésticos, dijo, el movimiento buscaba que la gente se preguntara: “¿por qué producir autos es más valioso que producir hijos?”.

La expectativa de que todas las madres trabajen ha sido especialmente dura para las madres solteras. Cuando Franklin D. Roosevelt estableció el programa social Ayuda para Niños Dependientes en 1935, se asumía que las madres solteras pobres atenderían a sus hijos (las madres solteras pobres y de raza blanca, debo añadir, porque se esperaba que las de raza negra sí tuvieran un trabajo).

Para la década de los setenta, cuando esa presuposición ya había desaparecido, Ronald Reagan pudo argumentar que las madres que recibían asistencia pública eran “parásitos perezosos” y “cerdos en el abrevadero”, y así asentó las bases para la reforma de bienestar social.

Credit Olimpia Zagnoli
El programa de ayuda temporal para familias necesitadas que implementó Bill Clinton en 1996 suspende las prestaciones después de cinco años o menos. Obliga a las mujeres a conservar su empleo o buscar uno, sin importar si hay o no empleos disponibles, y permite a los estados canalizar los fondos de asistencia social a otros programas. Así, de 1996 a 2011, la cantidad de familias en pobreza extrema (2 dólares por persona al día o menos) se duplicó por lo menos. La mayoría de esos hogares tenían a una madre soltera como jefa de familia.

En un nuevo e importante libro titulado Finding Time, la economista Heather Boushey sostiene que el fracaso del gobierno y las empresas para sustituir los servicios prestados por “la socia silenciosa de Estados Unidos” (la esposa que se queda en casa) está apagando la productividad y frenando el crecimiento económico a largo plazo.

Una empresa que no otorga permisos de ausencia por cuestiones familiares puede estar perdiendo a una ejecutiva difícil de remplazar. Los padres demasiado estresados no tienen ni el tiempo ni la paciencia para ayudar a sus hijos a desarrollar las habilidades necesarias para tener éxito.

“Los niños de hoy son la fuerza laboral del mañana”, escribe Boushey. “Lo que sucede al interior de las familias es tan importante para que la economía siga su curso como lo que sucede al interior de las empresas”.

Con la conciencia de que la maternidad puede hacer que una carrera pierda su rumbo, las mujeres esperan cada vez más para tener hijos. En Estados Unidos, las madres primerizas tienen casi cinco años más que en 1970: en 2014, tenían 26,3 años, en contraste con 21,4. Cerca del 40 por ciento de las mujeres con licenciatura tienen a su primer hijo a los 30 años o más. Los padres esperan junto con las madres: ¿qué más les queda?

Tuve a mis hijos a los 39 y 40 años (Clinton tenía 32). Mi hija de 12 años ya está calculando qué tan pronto deberá tener a sus hijos para que yo tenga la fuerza suficiente para cargarlos. Más joven que yo, le digo, pero es brillante y tiene ambiciones. Puedo imaginarla haciendo un posgrado.

Hace poco discutí con una amiga catedrática sobre la viabilidad de reestructurar la educación superior y las profesiones para que las mujeres (y también los hombres) no tengan que apresurarse a conseguir puestos como profesor asistente o adjunto justo cuando alcanzan la cima de la fertilidad.

Ahora muchas universidades, argumenté, guardan la plaza durante un año cuando las profesoras asistentes tienen hijos. Se echó a reír. Un año no es nada cuando se trata de un bebé, dijo. Nunca hubiera conseguido la plaza si hubiera tenido a su hijo primero. No supe qué decir. Por lo menos tuvo un hijo, a diferencia de muchas amigas que esperaron hasta que fue muy tarde.

Esta es una fantasía que tenemos mi hija y yo: ¿qué tal si criar a un hijo no significara interrumpir la carrera, sino que se viera como un respetable precursor de ella, como el servicio social o militar? Se esperaría que ambos sexos participaran, y el Estado apoyaría a los padres jóvenes como lo hace ahora con los veteranos.

Esto es más o menos lo que los países escandinavos ya están haciendo. Una madre podría dejar de trabajar durante cinco años, luego enfocarse en su carrera, y en ese momento el padre podría tomar su pausa, o viceversa.

Viceversa fue el trato que hicieron los personajes del programa de televisión danés “Borgen”, una parlamentaria y su marido. Él se encargaría de la limpieza y de andar de arriba para abajo durante cinco años; luego ella haría lo mismo (al final ella se convirtió en presidenta y su matrimonio se fue al diablo, pero ese es un problema que la mayoría de nosotros nunca tendremos que enfrentar).

Lo que realmente hace que el modelo de “Borgen” no se aplique en Estados Unidos es que las familias de ese país, en especial las de ingresos bajos, no pueden sobrevivir con un solo sueldo dado el estancamiento de los salarios y los gastos que implican los hijos en un país que no ayuda a sus padres a criarlos.

Tener que trabajar no debe confundirse con querer trabajar, al menos no sin algunas pausas a lo largo del camino. “Criar a un hijo toma 20 años y no 12 semanas”, escribió la erudita feminista Joan Williams.

Esos 20 años son lo que hizo que el exhorto de Sheryl Sandberg a las mujeres para “echarle ganas” o trabajar arduamente, antes y después de comenzar una familia, parezca tan disparatado (Sandberg ha suavizado su postura desde la muerte de su esposo, ocurrida en mayo pasado. “Realmente no había captado lo difícil que es tener éxito en el trabajo cuando la casa te tiene abrumada”, escribió hace poco).

Cuando Marissa Mayer, ahora directora ejecutiva de Yahoo, informó que cuando trabajaba en Google dormía debajo de su escritorio, una feminista enojada, Sarah Leonard, escribió: “Si el feminismo es el derecho de dormir debajo del escritorio, que se vaya al diablo”.

¿Entonces qué debería significar el feminismo? Algo que no debería significar es la política de lo posible. Estamos peleando por 12 semanas de permiso de maternidad cuando lo que necesitamos es repensar la cronología básica de nuestras vidas. Vivimos más de lo que antes se vivía.

La agenda de las personas que cuidan y crían a otras debería incluir alargar los caminos profesionales durante ese tiempo de vida más extenso, y facilitar tanto a las madres como a los padres entrar y salir de la fuerza laboral según sus necesidades. La automatización podría eliminar empleos en toda clase de rubros. Tal vez deberíamos cabildear por un día laboral de seis horas, dando paso a más empleos y más tiempo para la familia.

Es un poco tarde para mí pero, por fortuna, no para mi hija. Huí de mi callejón antes de tiempo, en parte porque me convencí a mí misma de que se estaba convirtiendo en una cárcel adorable, frondosa y color azalea. Sí, la vida en la ciudad es genial, es cierto, pero me arrepiento. Debí pasear más con mis bebés, extender más fechas límite, cumplir más pronto la solicitud de mi hijo de “ver tren” en la estación cercana. Los artículos pudieron haber esperado, pero no se puede postergar ver a un niñito aplaudir ante el tren que rechina para frenar. En cuanto a las noches de chicas, me tomó mucho tiempo juntar a un grupo de madres tan geniales y solidarias. Si algo me avergüenza ahora, es lo poco que las apreciaba en ese entonces.

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