Así prendí a Entender y a amar Snapchat

A mediados de los ochenta, el ingeniero alemán Friedhelm Hillebrand ayudó a concebir una manera de enviar y recibir mensajes de texto a través de los celulares. En ese entonces, el ancho de banda de los móviles era extremadamente limitado, lo cual significaba que los mensajes debían ser tan breves como fuera posible.

Según la anécdota, Hillebrand experimentó con una gran variedad de saludos y frases y concluyó, muy a la alemana, que la mayoría de las cosas que necesitaban decirse podían expresarse con 160 caracteres o menos. “Eso alcanza perfectamente”, dijo acerca de sus hallazgos. La infraestructura terminó por mejorar, así que ya no hubo límites para la cantidad de texto que podíamos transmitir en un mensaje. Para el 2007, los mensajes de texto habían superado las llamadas como el modo de comunicación preferido, si no estándar.

Como la mayoría de los avances en la tecnología suelen hacerlo, esta transición inspiró un pánico moral intergeneracional. Muchos temieron que nos convirtiéramos en entes asociales, misántropos que preferirían esconderse detrás de la seguridad de una pantalla en vez de enfrentar la intimidad de una conversación hablada. Y quizá hay un poco de verdad en eso, pero hay otra forma de verlo. Quizá no odiamos hablar… pero si la forma en la que las tecnologías telefónicas más antiguas nos obligaron a hablar. Los mensajes de texto liberaron a una generación de las restricciones, la inconveniencia y la incomodidad de las llamadas telefónicas, mientras permitieron que la gente estuviera conectada de manera más constante y libre.

Hace poco pensé en este cambio mientras trataba de entender el auge de Snapchat, la fuente más reciente del malestar tecnosocial. Al igual que los mensajes de texto, Snapchat floreció a partir de una escasez, aunque esencialmente distinta. Ya no vivimos en la era de Hillebrand, cuando había límites establecidos en cuanto a la cantidad de texto que podíamos utilizar para expresarnos, pero las palabras en sí pueden ser una tecnología imperfecta. La mayor parte del significado no solo depende de lo que decimos o las palabras exactas que elegimos, sino también de nuestros ojos cuando nos expresamos, así como la agudeza (o la suavidad) del tono que utilizamos en la voz. El texto difícilmente captura siquiera una fracción de esa profundidad emocional, incluso aunque podamos teclear tanto como queramos. Snapchat tan solo es el ejemplo más reciente y mejor realizado de las distintas maneras en que estamos recuperando las capas de significado que perdimos cuando comenzamos a digitalizar nuestras interacciones.

La mayoría de los intentos por recrear el comportamiento humano en el software tienden a ser atemorizantes o incomodos. El recuadro gris que aparece cuando la persona con la que charlas está tecleando (oficialmente llamado typing awareness indicator) sin duda está hecho para ser útil; es la versión virtual de ver cómo alguien inhala y después separa los labios para hablar. Pero se vuelve un motivo de pánico cuando aparece y luego desaparece… un indicador de que alguien escribió algo y después, por la razón que fuese, borró el texto. De manera similar, las notificaciones de mensajes “vistos”, diseñada para que sepas cuando alguien abrió y leyó tu mensaje, quizá son más útiles para notificarte que estás siendo ignorado. En un extraño vuelco, los mensajes de texto se han convertido en un medio casi tan incómodo como las llamadas telefónicas que volvió obsoletas.

Según mis cálculos, en 2012 envié cerca de 7000 textos al mes; ahora, debido a que los celulares cada vez son más difíciles de manejar y a los errores del autocorrector, apenas puedo redactar media oración antes de que el intento me exaspere y me dé por vencida. Para combatir la fatiga, he recurrido a nuevas maneras de hablar e interactuar con amigos, principalmente mediante mensajes de voz. Estos funcionan como una versión muy desarrollada del buzón de voz: no esperas que te regresen la llamada ni tener una conversación simultánea. Liberados de esa presión, mis amigos y yo nos enviamos mensajes de voz acerca de los temas del álbum de Beyoncé “Lemonade” o un relato detallado de una cita o un encuentro con un ex. La tendencia está en otra parte: de acuerdo con un artículo publicado en Motherboard, el sitio web de Vice, los mensajes de voz se han vuelto tan populares en Argentina que virtualmente han reemplazado a los mensajes de texto por completo.

Snapchat ofrece a los usuarios comunicación con profundidad emocional. Credit Ilustración por Karlssonwilker Inc.
Eso no quiere decir que el texto sea irredimible. Una humanización significativa de nuestras interacciones textuales ocurrió discretamente en 2011, cuando los emoticonos se introdujeron como parte de una actualización del software iOS de Apple. Ofrecieron una paleta de puntuación que hace clara la intención. Agregar emoticonos como corazones, cráneos, sonrisas y ojos asustados a un mensaje hizo mucho más fácil proyectar con seguridad el sarcasmo, el humor, el dolor y el amor a través de un medio que había sido, hasta entonces, árido en cuanto a las emociones. Si queremos pruebas de que nos vemos reflejados en los emoticonos que utilizamos, pensemos en las disputas siempre presentes acerca de la inclusividad de los emoticonos: inicialmente, los personajes tenían el mismo tono de piel e, incluso ahora, los únicos emoticonos “profesionales” son masculinos.

Pero los mensajes con poco texto parecen ser, de verdad, la ola del futuro, y Snapchat es el pionero. La aplicación tiene un diseño íntimo y permite a los usuarios enviar videos breves e imágenes que desaparecen después de un periodo corto de tiempo; eso la distingue de su competencia en las redes sociales. La mayoría de los “snaps” que envío y recibo tienen tomas muy angostas, con ángulos que podrían considerarse poco favorecedores. También tienen baja resolución; las imágenes resultan granulosas. Snapchat tiene filtros, pero los más graciosos son los caricaturescos, en especial los que tienen efectos horribles y cómicos, como hacer que tu rostro parezca un tomate rojo o los que te aplican un máscara de animal.

Si nos disponemos a creer las teorías acerca de cómo quiere comunicarse la gente actualmente — con intercambios impersonales, anestesiados e hipermediados— entonces la reciente popularidad de Snapchat tiene poco sentido. Durante los primeros años de Snapchat, los únicos usuarios que conocía (aparte de periodistas como yo que intentábamos entenderlo) eran mis familiares más jóvenes, aún en la preparatoria y la universidad. Desde luego, estaba presente el pánico moral: cuando se dio a conocer por primera vez en el año 2012, la prensa parecía suponer que la utilizarían adolescentes que intercambiarían fotos desnudos.

Si ese llegó a ser el caso, lo cierto es que ahora su uso se ha expandido. Cada vez que reviso la aplicación, me sorprende ver quién más ha comenzado a utilizar el servicio en mi red. Mi círculo incluye cada grupo demográfico, de edad y de zonas: compañeros del trabajo que envían snaps de sus perros, amigos que viven extrañas aventuras en el desierto, gente a la que generalmente le hablo en línea y envían videos de sus viajes. Los videos rara vez son complejos: tan solo unos segundos para ver los rostros de mis personas favoritas mientras sonríen, cantan o presumen lo que ven antes de desvanecerse y desaparecer.

Toda la estética de Snapchat se opone al comportamiento de la mayoría de la gente en Facebook, Instagram y Twitter… como si esperáramos que un agente de talentos o un reclutador de modelos nos sacara del anonimato. Snapchat no es la aplicación que utilizarías para mostrar tu belleza. Es el lugar donde eres tú mismo y eso es fácil gracias a la cualidad efímera de la aplicación. Lejos de las economías basadas en la aceptación de las principales redes sociales, hay menos presión por lucir presentable o ser gracioso. A pesar de todas las tecnologías que nos permiten probar varios disfraces para jugar con nuestra identidad, parece que solo queremos nuevas maneras de ser nosotros mismos. Resulta que lo mundano de nuestras vidas cotidianas es la característica más cautivadora que podríamos compartir.

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