Las Protestas que sacuden a Francia y la Rigidez en el Mercado Laboral

 


PARÍS — Un hombre que conozco llegó hace poco al trabajo y se encontró con que la empresa había contratado a una nueva empleada; no solo eso, también le habían dado su puesto. Poco tiempo después, asegura él, los jefes recortaron el presupuesto de su departamento y dejaron de contestar sus correos electrónicos.

Sospecha que lo relegaron a ese lugar infame que en las compañías francesas se conoce como le placard, o el armario. Muchos trabajadores tienen contratos fijos que dificultan sus despidos. Por eso, algunas empresas recurren a una estrategia ilegal: intentan hacer que la vida laboral del empleado sea tan miserable que termine por renunciar. “Lo que sigue es que perderé a mi equipo y a mi personal y, por tanto, ya no tendré nada que hacer”, predijo el hombre. “Aun así tienes que ir todos los días al trabajo, pero sin saber para qué”.

Aquí, las leyes laborales son el principal tema de conversación. El gobierno ha entrado en conflicto con los sindicatos debido a un proyecto de ley que facilitaría, entre otras cosas, despedir a los empleados cuando una empresa pierde dinero. Esta semana, a falta de votos, forzaron la propuesta por decreto a través de la Asamblea Nacional. Si se aprueba pasará al Senado, cámara de segunda lectura.

Es obvio que el sistema actual no funciona. Los defensores del proyecto argumentan que los empresarios se muestran reacios a la hora de contratar empleados porque es muy complicado y costoso despedirlos cuando las cosas van mal. Y en Francia, las cosas van muy mal: el desempleo alcanzó el 10 por ciento, casi el doble que en Alemania y el Reino Unido. Para los jóvenes llega casi al 24 por ciento. El Presidente François Hollande ha dicho que solo se presentará a la reelección el año que viene si logra reducir la tasa de desempleo.

Mientras que otros países europeos han modificado su derecho laboral, Francia ha cambiado muy poco en ese aspecto. La legislación propuesta por el gobierno —modificada después de largas negociaciones— no alteraría ese sistema en el que los trabajadores pueden conseguir un contrato indefinido, llamado contrat à durée indéterminée, conocido como CDI, o un contrato temporal que solo puede renovarse una o dos veces. Casi todos los nuevos empleos se rigen por ese último.

Sin embargo, no solo los sindicatos se oponen a la iniciativa. También la desaprueba el 60 por ciento de la población, que teme que la propuesta deje a los trabajadores sin protección y, al mismo tiempo, no solucione el problema del desempleo. Ha habido numerosas protestas y marchas en defensa del CDI. La mayor parte de los participantes, jóvenes.

¿Por qué los franceses se aferran a un sistema fallido?

Para empezar, en Francia un empleo es un derecho básico —garantizado en el preámbulo de su Constitución— y piensan que facilitar el despido de los trabajadores es una afrenta a ese derecho. Sin un CDI, se considera que estás indefenso ante las fuerzas indiferentes del capitalismo.

En una manifestación en París, algunos jóvenes alzaron una pancarta con la advertencia de que ellos eran la “generación precaria”. Se manifestaban en defensa del derecho a crecer económicamente. Como Jean Benoît Nadeau y Julie Barlow señalan en su nuevo libro “The Bonjour Effect”, obtener un contrato laboral permanente es un rito de entrada a la vida adulta. Sin uno, es difícil conseguir una hipoteca, un préstamo para un automóvil o el alquiler de un apartamento.

Los argumentos económicos convencionales no sirven en este caso. “Desechan por completo los datos básicos de la ciencia económica”, dijo Étienne Wasmer, especialista en economía del trabajo en Sciences Po. “La gente no ve que cuando permites que los empleadores asuman riesgos, contratarán más”. Muchos franceses consideran el lugar de trabajo como una batalla de suma cero entre trabajadores y jefes.

Los debates económicos también se formulan como enfrentamientos políticos. Es difícil separar la oposición a la propuesta de la oposición al Presidente Hollande, cuya popularidad se ha desplomado al 14 por ciento. No es de mucha ayuda que Hollande haya resultado electo gracias a una plataforma que planteaba “atacar a la gente adinerada” (¿recuerdan el impuesto del 75% a los ingresos?). Al respaldar la propuesta, ahora parece que se está poniendo del lado de los empresarios.

El ministro de Economía, Emmanuel Macron, que goza cada vez de más popularidad y también es un reformista —pero por lo menos ofrece una visión coherente del mundo—, dijo que Francia necesita jóvenes que quieran convertirse en multimillonarios.

Al igual que mi amigo del armario, incluso aquellos con la suerte de tener CDI pueden tener problemas en el trabajo. Según un estudio, los trabajadores con CDI mencionaron sentir más estrés que quienes tienen contratos temporales, en parte porque se sienten atrapados en sus empleos. Después de todo, ¿dónde más obtendrían otro contrato permanente?

En la Encuesta sobre las Condiciones de Trabajo en Europa próxima a publicarse, el 12 por ciento de los encuestados franceses dijeron que los habían acosado o agredido en el trabajo el mes anterior a responder la encuesta, muchos más que en cualquier otro país europeo. Los CDI no provocan hostigamiento por sí mismos, pero hacen más difícil poder evitarlo. Por lo menos el problema se está haciendo evidente. El vicepresidente de la asamblea nacional francesa renunció esta semana, después de ser acusado de haber acosado sexualmente a mujeres desde 1998, situación que niega. En respuesta, cientos de políticos y activistas publicaron una carta en la que denuncian una cultura de omertà, que consiste en callar y seguir.

Independiente de las acciones del gobierno, el lugar de trabajo se está haciendo cada vez más inseguro. Si la competencia con Uber indigna a los taxistas franceses, ¿qué harán cuando lleguen los vehículos autónomos? “La situación no mejorará”, advirtió Jean Tirole, un francés que ganó en 2014 el Premio Nobel de Economía. “La sociedad digital aumenta la incertidumbre en torno a la naturaleza del trabajo, así que en el futuro las compañías serán aún más reacias a ofrecer empleos permanentes”.

Tampoco quiero confrontar el capitalismo mientras estoy indefensa. Pero debe haber un equilibrio entre estar desempleado y estar dentro del armario.

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