El Venezolano es un Individuo Muy Enfermo y Cargado De Odio #Venezuela #Opinión #Gregoriff

El sociólogo Tulio Hernández lleva años retratando a la sociedad venezolana. Sus análisis le han dado nombre y apellido a fenómenos y comportamientos colectivos en un país donde las taras culturales, la viveza criolla y la degradación social, se sienten cada vez más enraizadas. Lo ha hecho como columnista, como opinador, como entrevistado y como académico.

Hernández sostiene que Venezuela cayó en un estado de “anomia”, definido por la escuela sociológica del siglo 19 como “situaciones en las cuales un grupo humano, un colectivo, una nación o una comunidad ha perdido cualquier sentido de conexión con las instituciones, con las normas. La anomia se produce cuando no se está en capacidad de sentirse parte del pacto social que implica aceptar las normas que hacen posible la convivencia colectiva“.

A su juicio, el asunto ha agravado el típico problema cultural latinoamericano de incumplimiento de la norma, esa tropicalidad anárquica contra la que luchaba Renny Ottolina con sus campañas de concientización sobre los semáforos.

“La gente cumple las normas por tres razones. Primero, por miedo a la sanción excepto cuando no hay buenas policías ni buenos sistemas judiciales. Segundo, por amor por la ley, pero la cultura te dice que la ley es para burlarla. Y tercero, por la autorregulación social, que es miedo o temor a la sanción de los demás, a raíz de la cultura ciudadana, cosa que aquí se ha perdido”.

¿La anomia social es consecuencia de carencia de leyes o de inobservancia de las normas?

No importa que existan leyes. Venezuela tiene sobresaturación de leyes. Ya la tenía en la era democrática y en la era postdemocrática aún más. Es un tema de educación ciudadana. Es la incapacidad del ciudadano para aceptar la autoridad, el desprecio profundo por la autoridad; pero en el caso extremo, como el venezolano, la incapacidad para distinguir entre lo legal y lo ilegal, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, lo correcto y lo incorrecto.

Sin cumplimiento de normas no hay convivencia pacífica posible.

¿Por qué se ha profundizado esa anomia?

Nunca hubo un sistema de sanciones severo. Los programas de educación vial, por ejemplo, se olvidaron. El deterioro comenzó en los años 90, pero la llegada del chavismo introdujo tres elementos novedosos: El populismo que no castigaba a nadie para que el pueblo no se sintiera maltratado por el Estado; el odio de clases con la idea de que el orden es burgués, aristocrático, oligárquico; y el ejemplo dañino de tener grupos armados para castigar a los opositores. A partir de allí todo es posible.

¿Si se trata de un problema cultural acentuado por el Gobierno, cómo revertirlo?

Ese cambio sólo se puede producir con un cambio político. En un modelo que promueve el odio de clases, el desprecio al otro, la negación del diálogo, no puede haber cumplimiento de la norma porque eso es básicamente convivencia pacífica social. Luego, esto es un problema de orden público y es necesario el castigo.

Además, hay que crear programas de educación ciudadana y de creación de conciencia, bajo un acuerdo nacional para transformar el deterioro moral.

¿El gobierno cumple con soluciones o se ha convertido en un generador de problemas?

Hay dos maneras en que el gobierno ha alimentado esto. Lo primero es la omisión. Hugo Chávez nunca quiso enfrentar el tema de la violencia porque necesitaba represión y él condenaba las formas represivas; pero tampoco fue capaz de inventarse nuevas maneras de ejercer el papel del Estado, el monopolio de la violencia. Luego, el gobierno estimuló el discurso justiciero, instigando la violencia. Tercero, estimuló el odio de clases.

Pero hay cuatro fenómenos decisivos: la proliferación de armas, un sistema penitenciario que no castiga sino que multiplica el crimen; un sentimiento de fracaso colectivo y opacidad de futuro en la sociedad; y la impunidad.

¿En Venezuela las formas ilícitas se han convertido en acción común?.

No hay ningún pueblo que no tenga tentación a la corrupción, por ejemplo. Lo que diferencia a un japonés de un venezolano y de un inglés no es que uno sea más honesto que el otro, sino que en Inglaterra o en Japón hay más sistemas de control, vigilancia y castigo que en Venezuela.

¿Al Gobierno le interesa un estado de anomia social?

Es paradójico. Por un lado, promueve la anomia pero por otro promueve el control social. Quiere un Estado donde el ciudadano sea anómico en relación a la convivencia y cumplimiento de las normas, pero donde sea totalmente “nómico” en relación a ser fiel al partido, a la memoria de Hugo Chávez y a los mandatos. Por eso no es un Estado totalitario, sino un híbrido porque incluso para ser totalitario hay que ser disciplinado.

Aquí hay un capitalista de Estado oportunista para sus élites, populista en la distribución del ingreso, pero eminentemente vividor, en el sentido de la con viveza criolla.

Rescatando el término de ‘postdemocracia’, ¿Cómo lo define?

A este país la democracia le costó muchísimo, y ahora ha entrado en una fase en la que ya no hay democracia pero tampoco es una dictadura totalitaria. El modelo conserva elementos típicos de la democracia, como las elecciones, la existencia de partidos y de medios privados, pero todo tutelado y controlado por el Estado ventajista. Es la era postdemocrática, con los demonios del militarismo sueltos.

¿Hay cohesión social en Venezuela?

Esto es un país roto, fragmentado, que le cuesta incluso pensarse como un solo proyecto con una historia común. Incluso dentro de cada uno de los dos grandes bandos, cuesta encontrar pensamientos comunes. La cohesión social ya estaba rota antes del chavismo, cuando la población venezolana abandonó a AD y Copei en 1993 porque se sentía estafada.

Chávez en vez de llegar a ser un sanador como Mandela, lo que hizo fue hacer la herida más purulenta.

¿En una sociedad rota cómo está el individuo?

El venezolano es un individuo muy enfermo, cargado de odio si es militante de posiciones radicales, indispuesto al diálogo. Si es joven y tiene posibilidades, con ganas desesperadas de emigrar. Por otro lado, asolado por el miedo, por la angustia a la inseguridad. Y solamente hay una minoría con una visión esperanzada a través de la acción política.

En promedio, esta es una sociedad deprimida, desencantada, enferma de desasosiego porque se siente privada de futuro.

¿Qué papel juegan las denuncias de magnicidio, golpe de Estado, ataque a instituciones?

Es la necesidad del enemigo, del culpable, para cohesionar a la población a una amenaza externa. La denuncia del magnicidio es un recurso manido cada vez que entra en crisis el poder. Eso contribuye a la desolación en un país que tiene que vivir con la idea de que la normalidad no es posible, de que la vida es un constante sobresalto.

A ello se suma un entorno económico de escasez y alta inflación.

Estamos viviendo uno de los momentos más desgraciados económicamente hablando en la historia venezolana. Los venezolanos debemos prepararnos para lo peor porque estamos en un juego cerrado: La ideología impide los ajustes económicos y, si se hacen, el discurso ideológico se derrumba.

Pero el gobierno avanza con medidas como el aumento de la gasolina.

Al gobierno le falta plata. Creo que la campaña por el aumento ha sido bien llevada, muy persuasiva. La gente sabe que el precio es muy bajo, pero el enemigo real es el diferencial cambiario que no permite acabar con el contrabando.

¿Con una campaña así pudo hacerse el aumento hace años?

Sí, pero hubiese sido atentatorio contra el discurso populista. Chávez le dijo a la gente que las cosas eran gratis y no podía subir la gasolina. Ahora la borrachera de lo gratuito ya pasó, y estamos en el ratón de la reposición.

¿Qué elementos acercan o separan a Maduro, Chávez y el período anterior?

Aquí hay tres momentos. El primero, fue el intento de ruptura con el populismo hecho con el Gran Viraje que significó la ruptura de las identidades políticas básicas de los venezolanos. Allí se acabó la fidelidad a AD y Copei. Luego, Chávez llegó y emocionó a los excluidos multiplicando el populismo anterior e introduciendo el odio de clases y la venganza, con la suerte de contar con la más alta renta petrolera de la historia. A Maduro le tocó recoger los platos rotos del bipartidismo y del chavismo, tratando de mantener el discurso populista cuando el Estado no tiene cómo, pero introduciendo la represión política.

¿Es posible otro Caracazo?

No. Es muy difícil que se repita porque las sociedades aprenden. Ahora hay más conciencia política, y están los colectivos y un aparato represivo. Además, todos los días hay un “minicaracazo”. En los últimos tres años ha habido más manifestaciones de protesta social que en todo el período de cinco años de Caldera.

¿Cómo evalúa la terminología oficial de la ‘guerra económica’, del ‘Dios proveerá’?

Son típicas estrategias de propaganda fascista. Es la lógica de la paranoia.

¿A dónde va el país?

Ni siquiera un brujo podría decir nada serio sobre el futuro del país, porque no estamos frente a un actor político racional. Se podría pronosticar desde un autogolpe como el que denuncia Pepe Mujica, hasta una implosión como la de Fujimori con el caso Montesinos o la que pasó en Argentina.

Si no es fácil predecir, ¿qué decirle a los venezolanos?

Para los que no se van a ir, aquí está demostrado que cada vez que unos militares intervienen dando un golpe de Estado, se quedan. Debemos insistir hasta el final con la salida constitucional, cívica y civil, pero aprender a jugar de una manera no tonta e inocente.

¿Qué opina de la muerte de jóvenes en manifestaciones políticas?

Es espantoso, sobretodo porque el gobierno las ha banalizado. Son peligrosas porque podrían crear una carga de impotencia entre los jóvenes que podría estallar tarde o temprano.

¿Y del encarcelamiento de dirigentes y activistas opositores?

Es la expresión de un sistema represivo copiado de Irán, que naturaliza el encarcelamiento.

¿Cómo evalúa a Nicolás Maduro?

Solo en un país extraviado, paralizado ética y

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