El hogar del Atlético Madrid durante décadas, el Estadio Vicente Calderón, será demolido

MADRID — Es un día cálido y primaveral a las afueras del Estadio Vicente Calderón, del Atlético de Madrid, y dos trabajadores con chalecos de color amarillo fosforescente arreglan una gran puerta de acero. A uno le tocó lo más sencillo: sostener la puerta mientras su colega se esfuerza por apretar una serie de tornillos con tachones. Después de unos minutos de gruñidos, el par abre y cierra la puerta una y otra vez para probar que está bien asegurada.

De alguna manera, pareciera adecuado que aún falten cosas por hacer en el estadio apenas a unas semanas de que esa puerta se cierre para siempre. El Calderón siempre ha tenido un aire de que podría haber sido maravilloso si tan solo lo hubieran terminado.

Sin embargo, se acabó el tiempo. El Calderón lleva mucho tiempo como si estuviera en sus últimos momentos, y ahora realmente lo está.

Este miércoles el Calderón celebrará su último partido europeo, el juego de vuelta entre el Atlético y el Real Madrid por las semifinales de la Liga de Campeones.

Para un club que lleva tiempo sufriendo de un complejo de inferioridad respecto a su vecino más acaudalado, el partido es la despedida perfecta: el Real Madrid ganó el partido de ida 3-0, con lo cual casi aseguró que la que podía ser una noche de ruido, pasión y esperanza termine, casi con certeza, en decepción.

El 21 de mayo, el Atlético jugará su último juego en este estadio, y una semana después, cuando finalice un partido de exhibición entre un equipo compuesto por las leyendas del Atlético y otro con algunos de los jugadores más famosos que han engalanado al Calderón como visitantes, el estadio cerrará sus puertas al fútbol para siempre.

En algún momento, en este terreno se alzarán dos rascacielos al lado de un parque público con áreas verdes que forman parte de un ambicioso plan de reurbanización. Los sentimientos no pueden interferir con el progreso.

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El Vicente Calderón ha albergado al Atlético desde 1966. CreditDavid Ramos/Getty Images

Sin duda, esa es la razón por la que el Atlético decidió abandonar este lugar y poner la mira, sin remordimientos, en un futuro más brillante y más audaz. Al este de la capital española hay un nuevo hogar esperando al club: a partir de este verano, el Atlético jugará en el Wanda Metropolitano, con capacidad para 67.000 espectadores.

“Será el estadio más avanzado de Europa”, afirmó Pedro Sánchez Garrabe, dueño de El Doblete, un bar ubicado a un costado del Calderón que desaparecerá junto con el estadio. “Será fantástico”.

También será lucrativo. El nuevo estadio, diseño de los arquitectos Cruz y Ortiz, ya ha significado la posibilidad de vender más abonos de boletos para toda la temporada de los que se hubieran vendido en el Calderón. La mina de oro que son las instalaciones corporativas es enorme. Lo patrocina Dalian Wanda, el conglomerado chino de bienes raíces que posee una parte del club. Cumple con todos los criterios de cinco estrellas de la Unión de Asociaciones Europeas de Fútbol (UEFA), y ya está preseleccionado para competir por la sede de la final de la Liga de Campeones en 2019.

El Atlético pronto tendrá un estadio que competirá con los del Real Madrid, el Barcelona, el Bayern y el Manchester United; un estadio a la medida de un súperclub moderno. La pregunta es si el club está a la altura de ese superestadio.

En otras palabras, es una visión refinada y resplandeciente de un futuro en el que el Atlético será una de las superpotencias de Europa, a tiro de piedra del Real, del Barcelona o del Bayern Munich. Es el tipo de hogar adecuado para un equipo que ha alcanzado dos de las últimas tres finales de la Liga de Campeones y, aunque sería un milagro salir triunfante en la semifinal de este 10 de mayo, podría lograr una tercera aparición en la final del mes siguiente.

No obstante, a pesar de todas las promesas a futuro con el cambio, la partida conlleva tristeza.

“Mi vida, mis recuerdos, están en el Calderón”, dijo Fernando Torres, delantero del Atlético. “Mis mejores días como aficionado y como jugador pasaron en este lugar. Será difícil venir aquí cuando ya no esté”.

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El futuro hogar del equipo es el Wanda Metropolitano, antes conocido como La Peineta y que fue renovado para albergar a más de 67.000 espectadores. CreditSergio Pérez/Reuters

El Atlético no jugó siempre en el Calderón —solo se mudó en 1966 para dejar vacante su antigua sede, el original Metropolitano—, pero esas gradas destartaladas guardan recuerdos. No todos son felices, pero así es el Atlético.

“Es un club que conoce el sufrimiento”, dijo Raddy Antic, el director técnico del club durante la que podría definirse como la mejor temporada de su historia, cuando ganó la Liga y la Copa del Rey en 1996.

Al preguntarle por su recuerdo favorito, mencionó el día que se convirtió “en el único entrenador en volar sobre el estadio”. Antic sugirió contratar un helicóptero para regar el pasto porque el campo estaba demasiado seco para jugar, y quiso dar una vuelta. “Vi todo el estadio desde arriba”, dijo. “Es muy especial para mí”.

El Atlético es un club que también ha aprendido a apreciar los malos momentos, a vestirlos como medallas de honor. Tres años después del doblete de Antic, el Atlético descendió. El año siguiente, “vendimos más abonos para la temporada que cuando estábamos en primera división”, recordó Carlos García Cantarero, el DT en esa temporada.

“En la actualidad, cuando los equipos salen al campo de juego, lo hacen juntos”, dijo. “Pero en aquel entonces, el equipo visitante solía salir primero. Siempre esperábamos unos minutos antes de salir, para que vieran lo que era jugar ahí, con todos esos aficionados”.

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Seguidores del Atlético afuera del Vicente Calderón en abril de 2016 CreditDavid Ramos/Getty Images

Por supuesto que el club sabe que llevará tiempo repetir esa atmósfera en su nueva sede, que esas cosas simplemente no se pueden empacar y transportar. “El fútbol no solo es un juego: es el ritual del día”, comentó Antic. “Es cómo vas al partido, dónde te detienes por un trago, qué haces cuando te vas”.

El Atlético está haciendo todo lo posible para prepararse.

“Nos mudamos en septiembre u octubre”, dijo Sánchez Garrabe, del bar El Doblete, desde detrás de la barra que ha atendido durante 25 años y rodeado de su colección de bufandas, banderines y fotos del Atlético. “No nos han dicho todavía dónde estaremos exactamente en el estadio. Será una gran labor: como abrir un nuevo negocio”. Sin embargo, está contento de que el club esté haciendo todo lo posible para salvaguardar su identidad, para asegurar que el pasado tenga un lugar en el futuro.

No es imposible lograrlo, aun en un deporte tan susceptible a la nostalgia como el fútbol. Por ejemplo, la Juventus se mudó a su nuevo estadio en 2011 y ha prosperado. Es evidente que el Atlético cree que una nueva casa mejorará su pronóstico financiero y ayudará a quitarse el estigma añejo de estar destinado a vivir, en la relativa pobreza, bajo la sombra del Real Madrid.

No obstante, también lo define su actual estadio. El Atlético y el Calderón son el uno para el otro: están un poco rayados y tienen imperfecciones, son un trabajo en progreso. En cierto modo es el espíritu que Diego Simeone, el actual director técnico, ha infundido en su equipo y el espíritu de donde quizá proviene el éxito reciente del Atlético.

Este pronto tendrá un estadio que competirá con los del Real Madrid, el Barcelona, el Bayern y el Manchester United; un estadio a la medida de un súperclub moderno. La pregunta es si el club está a la altura de ese superestadio.

No es un gigante comercial, como el Bayern, o una marca de lujo, como el United. Su identidad es ser el perdedor esperado que le da una buena pelea a rivales de mayor peso.

Un estadio solo son ladrillos y cemento. Sin embargo, también puede ser una personificación. Eso es lo que significa el Calderón para el Atlético: es una manifestación del club, y este se tiene que mudar. Los sentimientos no pueden interferir con el progreso, pero siempre habrá el riesgo de que algo se pierda en el camino.

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