La Cruda Realidad de la Emigración Venezolana que pocos quieren ver (Testimonio) 


No pocas veces hemos comentado en nuestros perfiles de redes sociales que emigrar es encontrarte con algo totalmente diferente a lo que siempre has vivido, que te toca aprender a seguir las normas, a descubrir que la mayoría de las veces no cuentas con nadie sino contigo mismo y que la soledad es un estado natural del emigrante, pero nos han llamado “destructores de sueños”, “egoístas que no queremos que los demás se vayan” y muchas cosas por el estilo cuando nuestra intención siempre ha sido hablar con claridad para intentar ayudar a que el proceso sea lo menos traumático posible.

Esperamos que el texto que compartimos a continuación, les ayude a nuestros compatriotas venezolanos que creen que afuera todo será mejor porque “nada es peor que Venezuela” que tomen conciencia que quizás consigan seguridad y abastecimiento, pero que todo será diferente y que posiblemente, en más de una oportunidad, extrañen “la patria”, aún con todos sus defectos.
Emigrar no es fácil y las líneas que copiamos a continuación lo demuestran:
“Converso con una amiga que emigró a España y me cuenta sobre lo que llama su “inocencia”. Me habla sobre esa idea difusa que tenía sobre emigrar, esa convicción casi infantil que “podría vivir de cualquier manera” en cualquier parte mientras no fuera en Venezuela. En la soledad que la agobia, en la pobreza desconocida, en las más privaciones sin cuento. En el terror que le produce el futuro y en la sensación de miedo que la acompaña a todas partes. Le pregunto si se trata de un problema de adaptación, que quizás necesita un poco de tiempo para retomar el ritmo de su vida, si sólo se trata de ese trauma inevitable del cambio y la transformación que todos por naturaleza, rechazamos.
Me escucha, llora y ríe. Sacude la cabeza. En la pantalla de Skype parece muy joven, tan pequeña y frágil. Toma una larga bocanada de aire, mira a la ventana abierta de la habitación diminuta que ocupa.

– Venezuela nos hizo creer que el bochinche era cosa normal. Que te podías ir a otro país esperando “ver quien te ayuda”, que sólo hace falta el “deseo” de irte para hacerlo – suspira, se seca las lágrimas – pero nadie sabe la bola que se pela, el trabajo que requiere, lo mucho que arriesgas sin garantía de nada. En Venezuela todos somos adolescentes y nadie lo sabe. Lo comprendes cuando pones un pie fuera del país y de das cuenta que no puedes afrontar un país normal. Que nadie te preparó para el trabajo duro, para las leyes que se cumplen. Que nadie te dijo de todas las privaciones que hay que pasar. Que fuera no cuenta la “solidaridad de los amigos”, no hay parrillita ni cervezada. Ni el bonche de los viernes. O el puente del fin de semana. Que vas a tener que romperte la crisma para obtener lo que quieras. Que cuando eres un extranjero debes madurar. Nadie te dice eso en Venezuela. Y eso es lo que jode.

No dejo de pensar en esa reflexión. Y me pregunto cuántos de los que pensamos en emigrar estamos conscientes de eso. Cuántos sabemos exactamente a qué podemos enfrentarnos. Y cuantos como mi amiga, aún enarbolan la inocencia para asumir un paso de esa envergadura.

A veces me pregunto si alguien podrá calcular alguna vez el daño que nos hizo la bonanza petrolera mal administrada por un estado populista. Esa adolescencia eterna que el gentilicio ahora está pagando muy caro.

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