La fórmula para un mundo más rico: igualdad, libertad, justicia

 

El mundo es rico y se enriquecerá aún más. Dejemos de preocuparnos. No todos somos ricos todavía, por supuesto. Cerca de mil millones de personas sobre la faz de la Tierra sobreviven con tres dólares diarios o menos. Sin embargo, apenas en 1800, la gran mayoría lo hacía. El Gran Enriquecimiento comenzó en la Holanda del siglo XVII. Para el siglo XVIII, había llegado a Inglaterra, Escocia y las colonias del hemisferio americano. En la actualidad, este enriquecimiento se ha esparcido a la mayor parte del mundo. Los economistas y los historiadores coinciden en su magnitud alarmante: para 2010, el ingreso diario promedio en una amplia gama de países, entre los que se encuentran Japón, Estados Unidos, Botsuana y Brasil se había elevado de 1000 a 3000 por ciento en comparación con los niveles de 1800. La gente cambió las carpas y las chozas por casas de dos plantas y ciudades verticales, pasando de las enfermedades que se transmitían fácilmente a una expectativa de vida de 80 años, de la ignorancia a la alfabetización. Tal vez pensemos que los ricos se hicieron más ricos y los pobres, todavía más pobres. No obstante, teniendo en cuenta la norma de comodidades básicas, la gente más pobre del planeta es la que más ha ganado. En lugares como Irlanda, Singapur, Finlandia e Italia, incluso la gente que es relativamente pobre tiene comida, educación, vivienda y atención médica, algo que ninguno de sus ancestros tuvo. Ni en sueños. La desigualdad de la riqueza financiera aumenta y disminuye, pero en el largo plazo se ha reducido. La desigualdad económica era mayor en 1800 y 1900 que ahora, como hasta el economista francés Thomas Piketty ha reconocido. Tomando en cuenta que la norma más importante de comodidad básica es el consumo, la desigualdad en y entre los países ha disminuido casi de manera continua. De cualquier modo, el problema es la pobreza, no la desigualdad como tal (no se trata de cuántos yates tiene la heredera de L’Oréal Liliane Bettencourt, sino de si la mujer francesa promedio tiene suficiente para comer). En la época de Les Misérables no era así. En los últimos 40 años, el Banco Mundial calcula que el porcentaje de la población que vive con la mísera suma de uno o dos dólares diarios ha disminuido a la mitad. Paul Collier, un economista de Oxford, nos exhorta a ayudar a “los mil millones más pobres” de los más de siete mil millones de habitantes en el mundo. Claro. Es nuestro deber. No obstante, también nota que hace cincuenta años, cuatro mil millones de los cinco mil millones de habitantes vivían en esas condiciones miserables. En 1800, era el 95 por ciento de los mil millones. Consideremos las impresionantes mejoras en China a partir de 1978 y en la India desde 1991. En estos dos países viven dos de cada diez personas en el planeta. Hasta en Estados Unidos en décadas recientes los salarios reales han seguido creciendo —aunque sea con lentitud— contrario a lo que tal vez hayamos escuchado. Y entonces, ¿qué ocasionó este Gran Enriquecimiento? No fue la explotación de los pobres ni la inversión ni las instituciones existentes, sino una sola idea, que el filósofo y economista Adam Smith llamó el Plan Liberal de Igualdad, Libertad y Justicia. En una palabra, se trató del liberalismo, en el sentido europeo del libre mercado. Al decidir que la población fuera igual ante la ley y que contara con dignidad social y libertad, el resultado fue el dinamismo y la creatividad. La idea liberal fue engendrada por algunos accidentes afortunados del noroeste de Europa entre 1517 y 1789, como por ejemplo las cuatro “erres”: la Reforma Protestante, la Revolución de Holanda, las revoluciones de Inglaterra y Francia, y la riqueza de la lectura. Las cuatro “erres” liberaron a los ciudadanos comunes y, entre ellos, a la burguesía emprendedora. En resumen, el Pacto Burgués es este: primer acto, permítanme intentar esta o aquella mejora. Me voy a quedar con la ganancia, muchas gracias, aunque en el segundo acto, esos competidores incómodos la erosionarán al irrumpir en el mercado (como ha hecho Uber con la industria del transporte). Mediante un tercer acto, una vez que mis mejoras se hayan diseminado, estas los harán ricos. Y así fue. Tal vez se pueda rebatir que existen miles de ideas, y que para hacerlas rendir frutos debemos comenzar con un capital físico y humano adecuado, y además contar con buenas instituciones. Es una idea generalizada en el Banco Mundial, pero es errónea. Es cierto: en algún momento necesitamos capital e instituciones para encarnar las ideas. Pero las causas intermedias y dependientes, como el capital y las instituciones, no han sido la causa de fondo. La causa de fondo del enriquecimiento fue y es la idea liberal, que engendró la universidad, la vía férrea, los rascacielos, el internet y, lo más importante, nuestras libertades. ¿Qué instituciones, a excepción de las liberales recientes de la educación universitaria y la publicación de libros sin censura, dieron lugar al feminismo o al movimiento antiguerra? Empezando con Karl Marx, buscar causas materiales para el avance humano se ha convertido en hábito. No obstante, el mundo moderno se creó como resultado de tratar a la gente cada vez con mayor respeto y dignidad. Las ideas no son toda dulzura, por supuesto. El fascismo, el racismo y el nacionalismo son ideas que han cobrado una popularidad alarmante. Sin embargo, las ideas prácticas y positivas ayudan a desarrollar tecnologías e instituciones rentables, y la idea liberal que permitió a la gente común expresar por primera vez su opinión dio lugar al Gran Enriquecimiento. Necesitamos animar a las masas, no a la élite, que ya está bastante animada. La igualdad ante la ley y la dignidad social siguen siendo la raíz del florecimiento económico, así como del espiritual, sin importar quién pueda pensar lo contrario. Deirdre N. McCloskey es profesora emérita de Economía, Historia, Inglés y Comunicación en la Universidad de Illinois en Chicago. Su libro más reciente es “Bourgeois Equality: How Ideas, Not Capital or Institutions, Enriched the World” (Editorial de la Universidad de Chicago).

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