Donald Trump y Sus Tácticas de Extrema Derecha

La campaña de Trump está ganando un atractivo masivo mediante usar las tácticas de los líderes de extrema derecha europeos.

A casi un año de que iniciara su surrealista campaña por la presidencia, la clase política estadounidense aún no sabe qué hacer con Donald Trump. El desafío del magnate multimillonario a todas las reglas estándar de la política estadounidense, sin mencionar la ortodoxia de su propio partido, ha dejado a los expertos batallando para explicar su control sobre el partido republicano. Ellos deberían mirar al extranjero. Irónicamente, una campaña construida en “hacer a Estados Unidos grande de nuevo” tiene una similitud notable con los movimientos de derecha en el extranjero, pasados y presentes. Entonces, la pregunta tal vez no sea cómo los hizo Trump, sino por qué Estados Unidos no ha visto despegar este tipo de movimiento hasta ahora. En vez de subrayar el excepcionalismo estadounidense, Trump está desatando una fuerza política que ya es prominente en otras partes del mundo.

Incluso un mitin de Trump se siente diferente a un evento de campaña normal, algo más parecido a un concierto de rock o una sesión de oración de una megaiglesia. Por ejemplo, Trump aceptó preguntas en un mitin en las afueras de Cincinnati a mediados de marzo, pero el público estaba más interesado en adularlo que en cuestionarlo. “Te amo, Donald Trump. Hombre, eres el futuro de Estados Unidos”, le dijo un hombre de mediana edad, ataviado con una bandera estadounidense y una gorra de béisbol de los Rojos de Cincinnati, al magnate. “He esperado 17 horas para verlo hoy… y me encantaría tomarme una foto con usted antes de que se vaya”. Una mujer blanca de mediana edad le pidió un abrazo al candidato, y otra mujer le dijo: “Es muy vigorizante tener un candidato presidencial que no esté comprado o pagado. Yo creo en usted, que usted hará a Estados Unidos grande de nuevo”.

“Eso es mejor que una pregunta”, dijo un Trump radiante. “Me encanta”.

Claro, Bernie Sanders tiene sus groupies, como los tuvo Barack Obama antes que él, votantes que se embelesan con el simbolismo de un candidato, más interesados en la imagen que en los problemas. Sin embargo, con Trump casi siempre se centran en el gran hombre, el tipo con el helicóptero personal, los comentarios ingeniosos de programa de realidad, las “mejores” capacidades para hacer acuerdos y los filetes epónimos. Es un tipo de política muy familiar para quienes estudian a los líderes en otras partes del mundo. Críticos y comediantes han comparado a Trump con Adolfo Hitler, Idi Amin de Uganda y otros demagogos tristemente célebres, sugiriendo que el magnate gobernará como un autócrata asesino. Eso es una exageración. Sin embargo, lo que está abundantemente claro es que la campaña de Trump emplea muchas de las tácticas políticas que esos hombres usaron tan eficazmente. Y él se une a una camada de políticos que actualmente usan una cepa similar de política para amasar poder en Europa y otras partes.

 

LA CAMPAÑA LIBRE DE POLÍTICA

Por meses, los expertos descartaron la candidatura de Trump, argumentando que en cuanto los votantes empezaran a prestar atención, su falta de sustancia acabaría con su apoyo. Ahora que es el presunto candidato republicano, es claro que los primeros detractores calcularon sumamente mal. La lección de esta contienda: un fuerte culto a la personalidad puede vencer a la ideología. Y eso ha sido demostrado por generaciones de demagogos. El apoyo detrás del italiano Benito Mussolini se “trataba más del líder que… del partido o la ideología”, ignorando o incluso venciendo las estructuras de partido tradicionales, dice Arfon Rees, un especialista en historia soviética y rusa en la Universidad de Birmingham, en el Reino Unido.

Hay otros paralelos, dice Joseph Sassoon, profesor adjunto de la Escuela de Servicio Exterior en la Universidad de Georgetown. Cuando Trump dice que él es su mejor asesor y no tiene redactores de discursos, “esto en realidad es un prototipo de Saddam o Gadafi o Nasser… el querer controlar el lenguaje de sus discursos”, dice Sassoon, refiriéndose a los exlíderes de Irak, Libia y Egipto. “Un componente esencial del culto a la personalidad es que no puede compartirse con nadie”.

El filósofo alemán Max Weber acuñó el término autoridad carismática para describir a líderes cuyo poder se construye sobre su “excepcional santidad, heroísmo o carácter ejemplar”, en oposición al imperio de la ley o la mera fuerza bruta. Muchos podrán no considerar a Trump en términos admirables, pero para sus seguidores, su éxito comercial y su riqueza personal —que lo libró de la indecorosa danza de recaudar fondos de campaña de sus rivales en las primarias— lo hacen inviolable. Los políticos estadounidenses están “todos comprados y pagados por alguien”, dijo Nick Glaub, de 62 años de edad y partidario de Trump, afuera del mitin de este en los suburbios de Cincinnati. “La única persona que no está es ese hombre de allí”, dijo Glaub, señalando hacia el centro comunitario donde el magnate de bienes raíces acababa de hablar.

La autoridad carismática de Trump se deriva de esta creencia en que él está por encima de la política habitual, dice Roger Eatwell, profesor de política en la Universidad de Bath, en Gran Bretaña. Y va más allá de su fama en la televisión de realidad. “La celebridad… tiende a ser un fenómeno muy pasajero”, explica Eatwell. Pero la campaña de Trump ofrece algo más profundo: “una sensación de identificación”.

La sensación de solidaridad que Trump ofrece a sus adeptos —específicamente aquellos que se han alejado de la política convencional— es tan central para el atractivo del magnate como su personalidad tempestuosa. Es cierto que él es escandalosamente superficial en política, pero sus atractivos populista y nacionalista le llegan a la gente en un nivel más profundo que su posición en las tasas tributarias o sus propuestas de gastos. O por lo menos son más viscerales. También son centrales para los discursos que los movimientos de derecha en Europa han hecho por más de un siglo.

VENGANZA DE LOS MARGINADOS

La capacidad de Trump para conectarse con los enfurecidos votantes estadounidenses también es paralela a la de los líderes europeos en los ascendentes partidos de derecha de hoy. Los populistas de inclinación derechista del continente a principios del siglo XX galvanizaron a la “gente que previamente estaba privada de derechos o tenía poca participación en términos de la política convencional”, dice Rees. Avancemos al siglo XXI, y partidos como el Frente Nacional de Francia, liderado por Marine Le Pen, y el Partido de la Libertad de Austria se enfocan en un sector demográfico similar. Y como Donald, los líderes modernos de derecha en Europa “tienen un apoyo masculino muy fuerte; a menudo cuentan con más del 60 por ciento de apoyo entre los votantes masculinos”, señala Eatwell, quien se especializa en política europea de derecha. Muchos de esos hombres son “obreros que temen perder sus empleos, o han sido descualificados [y] se sienten amenazados por el cambio, como un hombre”.

Trump señala frecuentemente que él está trayendo al proceso político a gente que rara vez vota: aquellos que han sido, de una forma u otra, marginados. Un sondeo de la Universidad de Quinnipiac publicado el 5 de abril muestra la profundidad del distanciamiento entre los partidarios de Trump: mientras que 62 por ciento de todos los votantes de Estados Unidos concuerda en que sus “creencias y valores están siendo atacados”, esa cantidad se eleva a 91 por ciento entre los seguidores de Trump. Y 90 por ciento de los partidarios de Trump coincide en que a los “funcionarios públicos no les importa mucho lo que la gente como yo piensa”. Los líderes como Mussolini y Hitler acudieron a públicos similares, aquellos que resentían el “dominio de un tipo de élite intelectual que tiende a ver las masas con cierto tipo de desprecio”, dice Rees.

GROUPIES: Con su helicóptero personal, comentarios ingeniosos de programa de realidad y falta de corrección política, 

Trump ha hecho que la campaña gire en torno a la celebridad, y a sus seguidores les encanta. Foto: Nam Y. Huh/AP

EL PODER DE LOS BALBUCEOS

Una manera común en que los líderes populistas pulen su buena fe contra la élite es mediante un estilo de hablar populachero. El nivel de lenguaje de tercer o cuarto grado de primaria de Trump lo ha convertido en una comidilla mediática, pero él difícilmente es el primer político que usa pocas palabras para ganar el aprecio de las masas. Muchos de los populistas más exitosos “hablan en lenguaje cotidiano a sus públicos buscados”, dice Eatwell. Al evitar construir frases académicas de clase media y alta y favorecer frases “comunes”, cortas y declarativas, “los ayuda a decir que no son parte del sistema”, explica. Esto es un elemento fundamental del atractivo de Trump.

Y no es sólo el estilo de hablar lo que está simplificado. Rees dice que un tema común de los regímenes de derecha que él estudia es su simplificación de todo el discurso político, “reduciéndolo a opuestos binarios básicos, de blanco y negro”, y, por supuesto, de nosotros contra ellos. La teoría psicológica sostiene que enfocarse en el “otro” ayuda a un grupo a construir su propia identidad: “Uno dice… lo que no es”, como lo señala Eatwell. Para Trump, el “otro” son los inmigrantes, mexicanos y musulmanes en particular. En la Alemania nazi, eran los judíos.

Rees resume la mentalidad como: “En realidad no necesitamos complejidad. Sabemos cuál es el problema. Sabemos cuál es la solución. Todo lo que necesitamos es la voluntad para hacerlo”.


NOSOTROS VS. ELLOS: Los manifestantes en los mítines de Trump han enfrentado abuso verbal y violencia, los cuales el candidato poco ha tratado de desalentar, con lo que suscita comparaciones con los líderes de extrema derecha quienes usan el miedo al “otro” para ganar adeptos. Damon Winter/The New York Times/Redux

POLÍTICA DE GRAN HOMBRE

Sin embargo, hay una diferencia evidente entre el favorito republicano y los líderes europeos de derecha en 2016: la riqueza visible de Trump. Mientras él presume su estilo de vida de multimillonario, los populistas de Europa usan sus credenciales de personas comunes. A Nigel Farage, presidente del derechista Partido de la Independencia del Reino Unido, “le encanta que lo fotografíen en un pub inglés” tomándose una cerveza, dice Eatwell. Es una muestra de solidaridad que es importante en un continente donde la clase sigue siendo una división prominente y el escozor por la austeridad es profundo. En contraste, los estadounidenses abrazan el capitalismo mucho más abiertamente y no necesariamente les molesta el exceso dorado de Trump.

En ese frente, el comportamiento de Trump se asemeja al de los políticos de otro continente: África. Trevor Noah, presentador de The Daily Show, aludió a ello en octubre, enfatizando cuánto se parecían algunas de las proclamas de Trump a las de hombres fuertes africanos como Muammar el-Gadafi y Robert Mugabe, de Zimbabue. “Trump es básicamente el presidente africano perfecto”, bromeó Noah, un sudafricano.

“La marca de Trump, la opulencia, es algo a lo que le apuesta la gente que se postula a la presidencia o al parlamento en África”, dice Yonatan Morse, profesor de Georgetown, quien se especializa en política africana. “Está arraigada en… la idea de ser una persona exitosa que puede ocuparse de otras personas”, en especial, “grupos que no han recibido tanto hasta ahora”.

Por supuesto, ninguno de estos mensajes incita un movimiento, a menos de que haya un desencanto amplio con el sistema político. No es justo comparar el atascamiento político estadounidense de hoy con el colapso económico que Alemania sufrió después de la Primera Guerra Mundial, pero es difícil no oír las quejas de los partidarios de Trump en la descripción de Rees de la sensación generalizada en la República de Weimar de que el país estaba fracasando “a causa de la corrupción del orden existente y el tipo de estira y afloja y compromiso mezquino en que se involucran los políticos”.

Lo cual no quiere decir que Trump sea el próximo Hitler o Mussolini. Usar un manual de estrategia similar no siempre termina en los mismos resultados. Aun así, hay algo de ironía en el hecho de que un hombre cuyo discurso de venta ante los votantes sea “Estados Unidos primero” esté vendiendo un mensaje manufacturado en el extranjero, al igual que esos trajes y corbatas de Trump.

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