El Partido de los Trabajadores de Brasil cae en Desgracia. ‘Intoxicado por el Poder’

Simpatizantes del Partido de los Trabajadores manifestándose el mes pasado en Brasilia. La caída del partido que alguna vez se comprometió con la transparencia y el gobierno limpio ha profundizado la desconfianza en los políticos brasileños. Credit Fernando Bizerra Jr./European Pressphoto Agency
BRASILIA — Desde sus inicios como un grupo de marxistas que desafiaba a los gobernantes militares de Brasil, el Partido de los Trabajadores creció para convertirse en uno de los movimientos de izquierda más perdurables en el mundo: una fuerza electoral que dominó la política de la nación durante más de una década.

No obstante, el senado brasileño le asestó un golpe devastador el jueves pasado, cuando votó a favor de suspender a la Presidenta Dilma Rousseff y apartó del poder a la organización política que ha gobernado a la nación más grande de América Latina durante 13 años, el régimen más largo de un partido elegido democráticamente en la historia de Brasil.

“El Partido de los Trabajadores fue un partido de esperanza, pero sus líderes se intoxicaron de poder y ahora esas esperanzas han sido frustradas”, declaró Hélio Bicudo, de 93 años, uno de los miembros veteranos del partido y exlegislador, quien desertó en 2005.

Después de una década de altísima popularidad, la fortuna del Partido de los Trabajadores se vio golpeada por una serie de crisis económicas y un escándalo descomunal de corrupción que derribó a algunos de sus líderes principales.

Mientras la pobreza acababa con millones de brasileños, el partido que había llegado al poder con promesas de representar al pueblo y eliminar la impunidad terminó siendo parte del mismo tipo de corrupción que por tanto tiempo caracterizó a las clases gobernantes del país.

Aunque Rousseff no ha sido acusada de corrupción (su proceso de destitución se basa en una artimaña presupuestaria que tenía la intención de aumentar sus posibilidades de reelección), los escándalos de corrupción han empañado la reputación de su mentor, el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, referente del Partido de los Trabajadores, quien la eligió para que fuera su sucesora y tenía planeado contender de nuevo en 2018.

Da Silva aún no ha sido acusado de ningún delito, pero los fiscales federales están investigando su participación en una conspiración que involucraba desvío de dinero de la compañía petrolera nacional a los fondos de campaña del Partido de los Trabajadores.

El expresidente Luiz Inácio Lula da Silva en una rueda de prensa en marzo. El referente del Partido de los Trabajadores, eligió a Dilma Rousseff como su sucesora y tenía planeado contender de nuevo en 2018. Credit Lalo Almeida para The New York Times

 

Algunos aliados importantes de Da Silva, entre ellos, miembros veteranos del partido, han sido encarcelados o están siendo investigados por su participación en esta conspiración, la cual distribuyó miles de millones de dólares en sobornos entre personajes destacados de la esfera política.

Incluso en una nación acostumbrada a la corrupción sistémica, la caída de un partido que alguna vez se comprometió con la transparencia y el gobierno limpio ha agudizado la desconfianza en los políticos.

También está presente la amenaza de echar por tierra algunos de los logros del partido, una fuerza política que ayudó, admitieron incluso sus detractores, a aliviar la apabullante pobreza y la desigualdad económica que ha plagado esta nación de 200 millones.

“Que el Partido de los Trabajadores se manchara al involucrarse en toda esta corrupción es una tragedia, quizá la mayor tragedia de lo que está pasando hoy”, afirmó José Murilo de Carvalho, historiador.

De acuerdo con lo que reportan los medios de comunicación brasileños, en las últimas semanas, más de 130 alcaldes que ganaron el puesto con una candidatura del Partido de los Trabajadores han cambiado de partido y cerca de 30 diputados en la Cámara Baja del congreso, aproximadamente la mitad del pleno, han sugerido que deberían hacer lo mismo.

Otros partidos fueron parte de este juego de corrupción; sin embargo, animados por la caída política de Rousseff, sus oponentes en la legislatura están trabajando para revertir algunos de los logros del partido de esta, incluidas las estrictas leyes ambientales, de protección a indígenas brasileños en el Amazonas y leyes que criminalizan las condiciones de trabajo abusivas en los ranchos ganaderos.

Jan Rocha, autora del libro “Brazil Under the Workers’s Party”, opinó que tales esfuerzos, si logran concretarse, podrían atizar las divisiones de clase y provocar un contragolpe violento por parte de los brasileños que han sido privados de su voto y corren el riesgo de ser quienes más pierdan en el repliegue de las políticas del partido.

“El Partido de los Trabajadores representó un intento por cambiar el escenario político en Brasil y dio voz a los millones de brasileños que nunca la habían tenido”, afirmó. “Sacó de la pobreza a millones de personas, pero Brasil sigue teniendo un espantoso y largo camino que recorrer antes de convertirse en una sociedad equitativa”.

Marcado por la avaricia, la traición y la conquista eterna de más y más poder, la caída en desgracia del partido presenta todos los elementos de una tragedia shakespeariana.

Su principal protagonista es Da Silva, de 70 años, quien trabajó lustrando zapatos cuando era niño, antes de conseguir trabajo en una fábrica de tornillos. Desde ahí, llegó a la presidencia y supervisó el auge económico.

Inició en la década de 1970, cuando ayudó a transformar un grupo heterogéneo de activistas laborales, miembros del clero católico romano liberal y estudiantes idealistas en un formidable movimiento político que se enfrentó a los líderes militares del país.

Formado en 1980, el Partido de los Trabajadores rechazó el dogma marxista estricto y adoptó un proceso democrático para elegir a sus líderes.

Da Silva compitió por el puesto con la consigna “Tierra, trabajo y libertad”.

A finales de la década de 1980, los candidatos del partido estaban ganando elecciones. En 1986, Da Silva fue electo como miembro del Congreso y, dos años más tarde, un candidato del Partido de los Trabajadores ganó la alcaldía de São Paulo, la ciudad más grande del País. Fue entonces cuando Da Silva puso sus ojos en la presidencia.

Conocido ampliamente por el apodo de Lula, era una figura política con pocas posibilidades de ganar, su manera de hablar poco refinada y su retórica izquierdista inquietaba a la élite brasileña. No obstante, en 1998, después de tres candidaturas a la presidencia que no tuvieron éxito, Da Silva modificó su estrategia. Dejó las camisetas por trajes sastres y se deshizo de los discursos de cambio revolucionario para decir que se ocuparía de la deuda exterior de 250 mil millones de dólares que estaba coartando la economía brasileña.

Su nuevo eslogan: “Lula, amor y paz”.

En 2002, empleó el descontento popular sobre la desigualdad económica y la corrupción descontrolada para ganar la presidencia de manera abrumadora. Las medidas de austeridad que introdujo y una creciente demanda de los productos básicos de Brasil ayudaron a enderezar la economía, pero no tardó en darse cuenta de que era necesario hacer acuerdos con el reacio congreso brasileño para lograr aprobar su ambiciosa agenda legislativa.

Para los expartidarios incondicionales como Idelber Avelar, el punto de rompimiento llegó cuando Da Silva comenzó a repartir cargos clientelistas y a formar alianzas con los líderes de los partidos de oposición que no compartían los ideales del Partido de los Trabajadores.

Rousseff en su oficina en Brasilia en marzo Credit Tomas Munita para The New York Times

“Representaba todo aquello en contra de lo que había estado luchando el partido”, declaró Avelar, académico que ahora vive en Estados Unidos. “Había algunas alternativas, pero la primera opción fue optar por la política de hacer tratos a puerta cerrada”.

El acuerdo con los aliados que pedían renta casi hunde al gobierno de Da Silva en 2005, cuando el plan para comprar votos mediante pagos a los legisladores de la oposición por su lealtad fue expuesto en los medios brasileños. Da Silva sorteó el escándalo y fue reelecto en 2006, aunque se vio sustancialmente debilitado por esta crisis y estuvo forzado a hacer aún más alianzas para mantener el apoyo del congreso.

Aparentemente, los funcionarios del Partido de los Trabajadores no aprendieron la lección que les dio su acercamiento al escándalo, pues se involucraron de manera secreta en un gigantesco esquema de sobornos con los ejecutivos de Petrobras, el gigante energético propiedad del Estado. El arreglo consistía en tomar miles de millones de dólares del auge petrolero y desviar el dinero hacia el Partido de los Trabajadores y sus socios de coalición en el congreso.

El escándalo sacudió a la clase dirigente del país y hay decenas de ejecutivos corporativos y líderes de partido que han ido a prisión o están bajo investigación.

“Nuestros mayores logros fueron sacar a 36 millones de personas de la pobreza y elevar otros 40 millones a la clase media”, declaró Da Silva en un correo electrónico esta semana. “Seguimos siendo un partido que se preocupa por los pobres y la justicia social”.

A menos que se le acuse de algún delito, muchos analistas políticos siguen esperando que Da Silva compita por la presidencia en dos años.

“En la política brasileña, nunca puedes poner la maquinaria en contra de alguien y creer que no se recuperará”, explicó Alfred P. Montero, autor del libro “Brazil: Reversal of Fortune” y catedrático en Carleton College. “He observado a estas personas desde la década de los ochenta, y siempre regresan”.

Los expertos opinan que, a pesar de los problemas por los que pasa actualmente, el Partido de los Trabajadores, con sus 500.000 miembros activos, seguirá siendo una fuerza poderosa en la política de Brasil los siguientes años. Algunos consideran que la crisis de la destitución quizá incite a un periodo de introspección que podría ayudar a revigorizar el partido.

“El Partido de los Trabajadores está volviendo a ser la oposición, lo cual quizá sea justo lo que recetó el médico”, afirmó Montero.

Por ahora, los que permanecen fieles al Partido de los Trabajadores están ocupados en una búsqueda interior. ¿El partido abandonó sus ideales en la embriagadora avalancha de poder? ¿O sus líderes se adaptaron a un sistema arraigado y defectuoso?

Lincoln Secco, catedrático de historia contemporánea en la Universidad de São Paulo y miembro veterano del partido, declaró que Da Silva cometió un error catastrófico durante sus primeros meses en el poder al no impulsar cambios políticos a pesar de la dificultad, incluido el ajuste del sistema de finanzas de campañas que depende tanto de los donantes corporativos.

“Si el partido no confronta el sistema político, no hay otra forma de gobernar en Brasil salvo estableciendo alianzas corruptas”, aseveró. “Escogieron el camino fácil”.

A pesar de las desilusiones, millones de brasileños siguen teniendo gran afecto hacia el partido, especialmente aquellos que se han beneficiado de los distintos programas de bienestar social que se implementaron durante los ejercicios de Da Silva y Rousseff. Estos incluyen un estipendio mensual para los residentes más pobres del país y programas que permitieron a millones de personas ir a la universidad por primera vez.

Milton Nunes Sobrinho, de 53 años, portero en São Paulo, reconoce la ayuda que le brindó el partido para conseguir un trabajo estable, comprar un auto usado y sacar a su familia de una casucha infestada de ratas, gracias al programa de préstamos con subsidio federal, el cual generó 2,6 millones de nuevos propietarios de casas durante la década pasada.

“Todo lo que prometieron, lo hicieron”, dijo Sobrinho. “Todo el progreso que hemos tenido en nuestras vidas es por ellos”.

Al preguntarle sobre los problemas del partido, sacudió la cabeza. “Todo es un juego político”, respondió. “Y la siguiente ocasión definitivamente votaré por el candidato del Partido de los Trabajadores”

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